sábado, 10 de octubre de 2026

LIBERTAD

 Sé que a muchos les sorprenderá ver este mensaje en mis cuentas, pero me cansé de vivir bajo una espada de Damocles. Me cansé de sentir ese peso constante que nos quita el sueño a los hombres y mujeres con voluntad, valentia y criterio de libertad. No puedo seguir permitiendo que la inacción me embargue; individualmente tengo mucho menos que perder de lo que ya estamos perdiendo colectivamente: la libertad de nuestro país, el futuro de nuestras familias y el porvenir de una Venezuela que alguna vez vimos florecer.


La supuesta revolución terminó por destruir al país, transformándolo en un estado empobrecido donde el colapso constante de los servicios públicos, especialmente de la electricidad, destroza a diario la economía y la tranquilidad de los ciudadanos.

A pesar de esta realidad innegable, personajes como Diosdado Cabello insisten en engañar a la población. Se muestran en mítines portátiles e intentan motivar a los pocos que lo siguen a participar en próximas elecciones, ignorando de forma cínica que todo el país conoce y siente el inmenso rechazo que existe hacia ellos y, de manera muy especial, hacia la figura del propio Cabello.


La manifestación ciudadana y el profundo rechazo hacia el régimen se han convertido en la respuesta natural de una sociedad agotada por el colapso sistemático de su calidad de vida. A pesar de los intentos de propaganda y el control social, el descontento popular se evidencia diariamente de diversas formas en todo el territorio nacional.
Las expresiones de este rechazo colectivo se agrupan en Protestas por servicios básicos donde las comunidades con menos recursos se organizan de manera espontánea para reclamar por los apagones prolongados, la falta de agua potable y la escasez de combustible.

Desde hace rato se nota la desconexión con las convocatorias oficiales, los mítines del partido de gobierno lucen cada vez más vacíos o dependen exclusivamente de la movilización forzada de empleados públicos, evidenciando la pérdida de base social. La resistencia en redes sociales, donde las plataformas digitales se han transformado en el canal principal para denunciar la censura, documentar las fallas del Estado y desmontar la narrativa oficial en tiempo real, ante la cobardía de los medios tradicionales, especialmente los que funcionan bajo concesión del estado. El rechazo a las figuras clave , especialmente
a la figuras de la cúpula como Diosdado Cabello y otros regionales que concentran los niveles más altos de reprobación, siendo abucheados o rechazados firmemente cada vez que intentan simular cercanía popular.

En los últimos años, el país ha entrado en una zona oscura y catastrófica que se ha vuelto especialmente letal para nuestros adultos mayores y criminal para nuestra juventud. Por eso, hoy decido manifestar públicamente mis ideas y mis motivaciones. Deseo que juntos, como ciudadanos, elevemos la voz desde este humilde territorio, una tierra agraciada y bendecida por Dios que tiene el orgullo de producir el alimento que sostiene a casi todo el país.
Mi única intención es crear conciencia: debemos luchar unidos para construir la Venezuela que todos merecemos.

Con el respaldo de más de 60 años viviendo y trabajando en esta tierra, pongo mi nombre, mi preparación, mi experiencia y mi voluntad a la disposición de mis amigos y de todo el colectivo para ayudar a realzar, una vez más, el progreso de nuestra tierra y de nuestra nación.
Es el momento.

Mientras otros se apalancan en la huerta de los recuerdos, bañándose de Gloria, yo apuesto a la nueva Venezuela a la juventud, a ese futuro, que durante años he apostado y seguiré haciéndolo, ayudándolos a formarse y convirtiéndose en los hombres y mujeres, honestos, preparados y capaces que puedan dirigir al país.

Saavedra. Saavedra; ese soy yo.  



El asfalto, la noche y lo que verdaderamente importa

Dicen que no hay que buscar ni el amor ni la muerte; que ambos tienen la puntualidad exacta de encontrarnos cuando llega el momento. Quizás sea cierto.


Hoy cumplo exactamente un año viviendo solo en esta casa. Un año que marca la distancia definitiva tras la ruptura de mi matrimonio. Sin embargo, estas paredes vacías no han cambiado lo más mínimo mi compromiso inquebrantable con mis hijos menores. Ser padre no es una cuestión de convivencia, sino de presencia y de alma.
La vida me ha dejado ausencias que duelen en el silencio. Hace ya varios años que no sé nada de mi hija Karela. Es la primera vez que me atrevo a poner este vacío en palabras públicas; el peso siempre se lleva mejor cuando se comparte. En contraparte, encuentro un refugio constante en mi hijo Ybrahim, en su esposa y en mi nieto. Sus llamadas y conversaciones son el cable a tierra que me recuerda que el hilo familiar, aunque se estire, jamás se rompe. Estoy absolutamente convencido de que el amor más grande que puede albergar el pecho de un hombre es el que siente por sus hijos, seguido por la lealtad a la familia y el valor de los buenos amigos.
Aun así, no voy a mentir: la soledad es dura. Se vuelve especialmente densa cuando se alcanzan las siete décadas de existencia. Es un trago amargo mirar atrás sabiendo que se ha dado tanto por tantos, para luego encontrarse con el eco del silencio en las habitaciones.
Pero cuando el asombro ajeno intenta encasillarme por mi edad, yo elijo ponerme las zapatillas y correr. El running es mi pasión, mi combustible y mi salvación. Correr me ayuda a vivir feliz. Es en el asfalto, cuando el viento golpea la cara y los kilómetros avanzan, donde me encuentro cara a cara con Dios. Corriendo encuentro el alivio a todas mis penas y disipo los fantasmas que acechan mis pensamientos. Es el remedio perfecto para cuando cae la noche y el peso de las cosas pendientes o los compromisos acumulados intentan agobiarme.

Los años y el aislamiento me han regalado una claridad brutal. Pasé una vida entregando mi energía, mi tiempo y mi salud a proyectos y empresas a las que defendí con el alma. Hoy, sentado en la madurez de mis setenta años, me doy cuenta de la gran verdad: ninguna empresa, ningún proyecto, absolutamente nada en este mundo vale la propia vida. El único sacrificio que realmente tiene sentido, el ún

ico que lo es todo, es el que se hace por la familia. Lo demás es solo ruido. El resto es solo paisaje.
Por eso, cada mañana me levanto a las 4:00 de la madrugada. Salgo a la calle antes de que apunte el amanecer, acompañado por el trinar de los pájaros que bendice mi rutina. A pesar de los dolores y las ausencias, cada día me despierto con más ganas de vivir, de seguir luchando, de seguir amando y de esforzarme por lo mejor.
He adquirido un compromiso inquebrantable conmigo mismo: no fallecer en mi lucha por construir un mejor país y mejorar este pueblo. Esta tierra me lo dio todo sin haber nacido aquí. Su gente me procesa un respeto y un cariño que me encuentro a cada paso en la calle; incluso aquellos a quienes no les agrado me recuerdan, a su manera, que estoy vivo.
A estas alturas, sigo siendo el mismo descuidado de siempre con mi aspecto físico. La barba larga, el pelo rebelde, la falta de constancia con el barbero o el estilista... la verdad, no me preocupa en lo absoluto. No tengo tiempo para la vanidad. Quiero entregar los últimos años de mi vida a este pueblo que vio crecer a mis hijos, dándoles lo mejor de mí para ayudarlos a construir el futuro grande que sé que merecen tener.