Dicen que no hay que buscar ni el amor ni la muerte; que ambos tienen la puntualidad exacta de encontrarnos cuando llega el momento. Quizás sea cierto.
Hoy cumplo exactamente un año viviendo solo en esta casa. Un año que marca la distancia definitiva tras la ruptura de mi matrimonio. Sin embargo, estas paredes vacías no han cambiado lo más mínimo mi compromiso inquebrantable con mis hijos menores. Ser padre no es una cuestión de convivencia, sino de presencia y de alma.
La vida me ha dejado ausencias que duelen en el silencio. Hace ya varios años que no sé nada de mi hija Karela. Es la primera vez que me atrevo a poner este vacío en palabras públicas; el peso siempre se lleva mejor cuando se comparte. En contraparte, encuentro un refugio constante en mi hijo Ybrahim, en su esposa y en mi nieto. Sus llamadas y conversaciones son el cable a tierra que me recuerda que el hilo familiar, aunque se estire, jamás se rompe. Estoy absolutamente convencido de que el amor más grande que puede albergar el pecho de un hombre es el que siente por sus hijos, seguido por la lealtad a la familia y el valor de los buenos amigos.
Aun así, no voy a mentir: la soledad es dura. Se vuelve especialmente densa cuando se alcanzan las siete décadas de existencia. Es un trago amargo mirar atrás sabiendo que se ha dado tanto por tantos, para luego encontrarse con el eco del silencio en las habitaciones.
Pero cuando el asombro ajeno intenta encasillarme por mi edad, yo elijo ponerme las zapatillas y correr. El running es mi pasión, mi combustible y mi salvación. Correr me ayuda a vivir feliz. Es en el asfalto, cuando el viento golpea la cara y los kilómetros avanzan, donde me encuentro cara a cara con Dios. Corriendo encuentro el alivio a todas mis penas y disipo los fantasmas que acechan mis pensamientos. Es el remedio perfecto para cuando cae la noche y el peso de las cosas pendientes o los compromisos acumulados intentan agobiarme.
Los años y el aislamiento me han regalado una claridad brutal. Pasé una vida entregando mi energía, mi tiempo y mi salud a proyectos y empresas a las que defendí con el alma. Hoy, sentado en la madurez de mis setenta años, me doy cuenta de la gran verdad: ninguna empresa, ningún proyecto, absolutamente nada en este mundo vale la propia vida. El único sacrificio que realmente tiene sentido, el ún
ico que lo es todo, es el que se hace por la familia. Lo demás es solo ruido. El resto es solo paisaje.
ico que lo es todo, es el que se hace por la familia. Lo demás es solo ruido. El resto es solo paisaje.
Por eso, cada mañana me levanto a las 4:00 de la madrugada. Salgo a la calle antes de que apunte el amanecer, acompañado por el trinar de los pájaros que bendice mi rutina. A pesar de los dolores y las ausencias, cada día me despierto con más ganas de vivir, de seguir luchando, de seguir amando y de esforzarme por lo mejor.
He adquirido un compromiso inquebrantable conmigo mismo: no fallecer en mi lucha por construir un mejor país y mejorar este pueblo. Esta tierra me lo dio todo sin haber nacido aquí. Su gente me procesa un respeto y un cariño que me encuentro a cada paso en la calle; incluso aquellos a quienes no les agrado me recuerdan, a su manera, que estoy vivo.
A estas alturas, sigo siendo el mismo descuidado de siempre con mi aspecto físico. La barba larga, el pelo rebelde, la falta de constancia con el barbero o el estilista... la verdad, no me preocupa en lo absoluto. No tengo tiempo para la vanidad. Quiero entregar los últimos años de mi vida a este pueblo que vio crecer a mis hijos, dándoles lo mejor de mí para ayudarlos a construir el futuro grande que sé que merecen tener.


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