domingo, 4 de octubre de 2026

La falsa prudencia de las salas de redacción: cuando el silencio se disfraza de estrategia.

     En los años 80 y 90 era muy comun en mis periplos por las salas de redacción de los más importantes diarios nacionales y regionales. 

    Muchas veces acompañe a colegas locutores/periodistas con los que compartía actividad profesional en las radios, a estos templos sagrados de la comunicación, donde a menos que trabajaras alli no tenías acceso.

    Diarios como El Nacional, El Impulso, El Informador y otros, visite por mi actividad profesional como hombre de radio y narrador deportivo y como amigo y colega de muchos. 

                                                   Don Ruvico Ramírez González  

 

    Mucho respeto y admiración encontré en estas visitas. Ni hablar de la sala de redacción del Diario Ultima Hora de Acarigua-Araure, bajo la tutela de Don Ruvico Ramírez y luego Néstor (ambos maestros del compromiso que representa esa responsabilidad y a quienes admiro y me honra su amistad) y en la jefatura del periódico Elizabeth Briceño, por nombrar la última que de manera magistral hizo ese trabajo; y la deRadio Acarigua que era mi casa, con una sala de información magnifica que siempre condujeron extraordinarios, valientes y aguerridos profesionales.


Periodistas, redactores con una mística y pasión por la responsabilidad que caía sobre su hombros en cualquiera fuese su fuente y la majestuosa disciplina de quienes tenían la responsabilidad de responder por el contenido de cada edición y los editores de estos medios 

La llegada de nuevas directivas a los medios de comunicación suele venderse como una era de renovación, pero hoy con frecuencia inaugura el reinado de la cobardía disfrazada de prudencia. Quienes asumen las riendas de la prensa contemporánea —muchas veces más preocupados por los balances financieros, las presiones políticas o el confort de sus puestos que por el rigor del oficio— han desarrollado un sofisticado glosario de eufemismos. Para estos nuevos gestores, investigar es "exponerse innecesariamente", confrontar al poder es "falta de madurez institucional" y callar ante los hechos más graves es "inteligencia en prevención".





    Bajo esta lógica corporativa, el miedo ha sido rebautizado como una virtud táctica. El silencio editorial ya no se percibe como una vergonzosa claudicación o una traición al lector, sino como una calculada maniobra de autocuidado de la marca. "Hay que ser inteligentes", susurran en las reuniones de pauta, justificando la omisión de las realidades que incomodan al entorno político o económico. Sin embargo, la verdad no entiende de diplomacias temporales: esconder la cabeza mientras el entorno se cae a pedazos no es prevención, es complicidad pasiva. El verdadero periodismo siempre ha implicado incomodar; cuando un medio prioriza la calma de sus directores por encima de su deber de informar, deja de ser un faro informativo y se convierte en una simple oficina de relaciones públicas.
Mientras las salas de redacción tradicionales se paralizan calculando riesgos, la modernidad cambió radicalmente el concepto y el flujo de la noticia. El monopolio de la primicia ya no pertenece a las grandes corporaciones mediáticas. Al aparecer en las redes sociales, un acontecimiento se transforma de inmediato en un hecho público y notorio. La velocidad de la era posdigital ha dejado obsoleta la vieja excusa de "esperar el momento político adecuado" para publicar un hecho. La ciudadanía ya está presenciando los acontecimientos en tiempo real; no necesita directores temerosos que decidan qué fragmentos de la realidad son aptos para el consumo público.

    Este cambio de paradigma traslada la responsabilidad de la certeza directamente al ciudadano. En este nuevo ecosistema, la sociedad civil ha aprendido a asumir con madurez la tarea de verificar, contrastar y evaluar la veracidad o falsedad de los argumentos expuestos en el debate digital. Cuando el ciudadano común demuestra mayor valentía para discutir, analizar y asumir las consecuencias de la verdad que los propios medios institucionales, la prensa pierde su activo más valioso: la credibilidad. La supuesta "inteligencia preventiva" de los directores noveles no es más que un anacronismo; el silencio ya no protege al medio, solo lo vuelve irrelevante frente a un público que exige transparencia, valentía y responsabilidad,




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